lunes, 24 de agosto de 2009

Una llamada en la noche

-Papá, papá. Desde la oscuridad me llegaba una voz muy dulce.
-¿Hijo?
-Tranquilo papá.
Sobre el rostro sentí la mano temblorosa de Pedro.
-Tranquilo papá.
-¿Qué pasa?
-Secuestraron a Julio. Hablé con él, segundos. Lo escuché jadeante.
Vi la tragedia, inmensa.
-Quieren hablar contigo.
Tomé el teléfono, trémulo.
-Diga, señor -articulé señor y me sentí blando, indefenso.
-Tenemos a su hijo y sabemos quién es usted, del Proceso. Si no nos entrega 300 mil pesos, al amanecer, lo matamos. Ya nos comunicaremos.
Transcurrían las nacientes horas de un día de julio de 1998. Era sábado, un tiempo horrendo, cerradísimos los bancos hasta el lunes. Pedro y yo contamos lo que teníamos: 4 mil pesos.
Sereno, me alertó:
-Habrá que reunir el dinero, cuanto antes.
Luego, en mi perplejidad:
-Tus amigos papá.
Pensé en Vicente Leñero, Enrique Maza, una lista de personas en la raíz de mi vida.
Ese día sentí la ausencia de Susana como una calamidad que me desollaba, sin lágrimas en los ojos, húmeda el alma.
...

Extracto del dramático relato del secuestro de Julio Scherer Ibarra que publica la revista Proceso en su edición 1712 del nuevo libro de Julio Scherer García titulado "Secuestrados" editado con el sello Grijalbo por Random House Mondadori, el cual empezará su circulación en el transcurso de esta semana.

Ultimamente he recibido "mails cadena" con fotografías de personas asesinadas, mutiladas y los clásicos carteles que invitan a dar cualquier clase de informes sobre familiares desaparecidos gracias a uno de los grandes padecimientos que sufre nuestro país: el secuestro.

Platicando con unos amigos sobre aquella propuesta del PVE (acerca de la pena de muerte en contra de los hdp que privan de la libertad y en el peor de los casos la vida de otro ser humano), coincidimos en que si debería llevarse a cabo pues los comparamos con una plaga, igual que las cucarachas o las ratas (de 4 patas) y como tal debe exterminarse.

Solución extremista? radical? sin fundamentos? tal vez. No está en mi naturaleza desear la muerte de otro ser humano, sin embargo no me opondría a que se efectuara dicha sentencia si acaso llegara a experimentar la desesperación, angustia e impotencia de tantas familias que lo han vivido o lo están viviendo en carne propia.

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